6 de 6: 27 de Enero
Efectivamente, los cálculos del médico eran ciertos. Mi hermana murió el 24 de Enero, viernes, a las 11 de la noche. Una muerte prematura y lenta, en la cual mis padres y yo estuvimos a su lado y ella sufría en la camilla. Ella hablaba lentamente y cortante. Su corazón iba ralentizando su velocidad a ratos. Sus últimas palabras fueron “Álex se ha echado novia. Creo que ya no vale la pena torturarme más”. Mi madre estaba a punto de tomar aire para contestarle, pero vimos como ella cerró los ojos en ese momento y, poco a poco, iba dejando de respirar. Su corazón dejó de latir. Ahí, cerré los puños y miré hacia abajo, tragando saliva y mirando para su preciosa cara, consumida por un tardío fallecimiento de un alma que sólo había vivido un cero coma uno por ciento de su vida.
Afortunadamente, había acabado los exámenes. Con lo cual, debía aprovechar para estar en Muxía. La llevaron al tanatorio esa noche, y el Lunes 27 la enterraríamos. No lo estaba pasando bien, ni siquiera un poquito. Siempre supe que el entierro de mi abuelo estaba cerca. Quizá también el de mi abuela. O el de mis padres. Pero jamás pensé que a mis 19 años de edad tendría que presenciar primeramente el fallecimiento de mi hermanita pequeña, con la que tanto jugué y a la que tanto cuidé durante nuestra infancia. Pensaba en todos esos momentos durante todo el fin de semana, y sólo se me ocurría llorar.
Naturalmente, Sabela me acompañó al entierro. Ella lo pasó tan mal como yo. Le tenía muchísimo cariño a Candela. Y que nos apoyáramos mutuamente era lo que más necesitaba en ese instante. Lucas no podría acompañarme porque tenía el último examen por la tarde, pero prometió que me estaría apoyando en cuerpo y alma. Mis amigos de la Universidad también mostraron preocupación por mí.
Eran las cinco de la tarde, y la misa en la Iglesia de Santa María de Muxía se había terminado. Yo seguía con lágrimas en los ojos, e incapaz de asimilar nada. Observaba a las amigas de Candela. Todas habían venido. Todas… Menos Ruth. No estaba sorprendida en absoluto. Esa niñata ya puede escocerse todo el dolor por dentro después de lo que ha hecho con la autoestima de mi hermana.
Fuimos a su ataúd. Mi madre y Sabela me cogían del ganchete mientras yo seguía llorando descontroladamente.
-Ay, cariño…-Decía mi madre, aún llorando-Yo también la voy a echar de menos.
-No sé cómo voy a llevar esto…-Dije, tras suspirar profundamente.
Sabela me acarició la espalda.
-Fa, piensa que ante tal adversidad tú fuiste la primera en tratar de ayudarla…
-Si tan sólo se hubiera decidido a tomar una mejor dieta a tiempo… Que dolorosa es la sociedad que ha sido la detonante de todo esto…
Ni mi madre ni Sabela respondieron a eso. Siguieron mirando para la tumba siendo enterrada. Después de aquel breve silencio, mi madre suspiró, me miró y añadió, con confusión en sus ojos:
-Creo que lo que más duele es que ni Ruth ni Álex hayan venido a darle una flor. Hablaba siempre de ellos… Se supone que eran sus amigos.
-No, mamá.-Decía, mientras me humedecía los labios-Ellos sólo le hicieron más daño en el proceso. Lo sé, lo hablé con ella la última vez que tocamos el tema…
-No lo puedo asimilar… No puedo…
-¿Cómo está papá?
-Está hablando con tu tío ahora mismo. Creo que intentan relajarse un poco. Tu padre no lo está pasando bien tampoco…
Volví a bajar la cabeza, sollozando de nuevo. Lo que estaba pasando y lo que a mi hermana le había sucedido sólo me hizo aprender una cosa: No te arriesgues a satisfacer a alguien que nunca va a estar satisfecho contigo, hagas lo que hagas. La sociedad y sus “amistades” nunca iban a estar satisfechos con el cuerpo de Candela. Y en cuanto a mí, aunque dijera que lo que me había pasado con el profesor se tratara de una violación, la gente me iba a seguir llamando puta y culpabilizándome de la violación. Sólo éramos dos mujeres desgraciadas encerradas en la misma desgracia: La sociedad patriarcal que nos corroe y nos hace sentir chiquititas, cuando ésta se hace cada vez más grande y nos limita a ser esclavas de sus órdenes.
Agarré de la mano a mi amiga mientras veía, empañada en lágrimas, como metían el ataúd dentro de una caja abajo. Justo debajo de donde enterraron a mis bisabuelos. A mi abuelo paterno que había muerto tres años atrás. A mis tatarabuelos. A mi tía abuela de 70 años que murió de cáncer de cólera cuando yo era un bebé. Pero ellos ya eran mayores. Habían vivido lo suficiente y estaban hasta cansados de hacerlo. Candela sólo era una niña que estaba empezando a vivir, y que tenía un libro casi en blanco por escribir y un montón de momentos de su vida que debiera experimentar. Pero no podría. Ahora ya se acabó…
Mientras pensaba en todo eso, lloraba y miraba al ataúd. No podía aguantarlo más. Había llorado tanto en todo el fin de semana que a la larga no me quedaban más lágrimas.
En un momento dado, alguien me golpeó con la punta de su dedo en el hombro.
Me giré. Era Lucas. Al ver que había venido a verme, sólo quise llorar más.
-¿He llegado pronto? ¿Tarde…?
Me eché a sus brazos, llorando todavía más. No me terminaba de entrar en la cabeza cómo había venido desde Coruña hasta Muxía sólo para ir a apoyarme. Sabela sonreía desde lejos.
-¿Qué haces aquí?-Gemí, abrazándole-¿El examen?
-Era una asignatura anual en la que no me jugaba nada. He pedido convalidación.-Él me abrazaba con más fuerza-He preferido venir a apoyarte
-¿Cómo has llegado hasta Muxía?-Preguntó Sabela, dudosa
-Cogí el autobús. Madre mía, qué viaje más largo
-Dímelo a mí. Qué ganas de tener el carnet…
Lucas me soltó y me tocó la espalda mientras miraba el ataúd conmigo. Yo seguía suspirando, y todavía llorando. Pero mi llanto se hacía más llevadero con Lucas a mi lado. Ni siquiera Sabela me proporcionaba el calor que él me daba.
Creo que no tardaron mucho más en colocar el ataúd en la caja. Yo suspiré. Me alegré de que el entierro se hubiese terminado. Sólo quería volver a casa, ignorar todo este sufrimiento y darme cuenta, por encima de todo, que debía asumir que había pasado. Que la vida de mi hermanita pequeña había sido arrebatada. Por mucho que doliera. Por mucho que me lastimase. Por mucho que intentara hacer de todo y acabara por no hacer nada para finalmente ayudarla a salir. Tenía que asumirlo.
Salí del entierro callada, mientras Lucas y Sabela me miraban. Lucas me agarraba del brazo mientras
-Venga… Todo saldrá bien…
-Eso espero…
Lucas me seguía abrazando, mientras Sabela nos miraba sonriendo. Durante unos minutos, estuvimos los tres en silencio.
Después de ese tiempo de silencio, Lucas dobló sus labios y suspiró. Lo miré. Su expresión distante me aseguraba que no se encontraba bien. Pareciera que no me fuera a dar una buena noticia.
En ese instante, giró sus ojos hacia los míos, intentando sonreír de forma muy vaga, mientras sus cejas bajaban lentamente. Se mordió el labio y, acto seguido, añadió:
-Ya tengo la fecha en la que me marcho.
Se me volvió a romper el corazón. A ver. Asumía que se iba a marchar. Se quedaba sólo un cuatrimestre en Coruña y acto seguido se volvería a Canarias. Para siempre. Para no volver. Pero el oír que se marcharía me sentaba como una patada en el pecho.
Ahí es cuando me entró el enigma. El enigma de si mantener una relación que tanto bien me había hecho durante cuatro meses o dejarla ir por el miedo a no saber mantener una relación a distancia. Realmente estaba empezando a tener una vida social estable, y tener una relación a distancia era un paso demasiado grande e inesperado para mí. Además de doloroso y duro. Amar a una persona y no poder abrazarla normalmente, o llenarla de besos… Y más si era Lucas. LUCAS. Juro por lo que más queráis que lo que sentía por Lucas no lo había sentido por nadie nunca. Si no lo tenía igual de cerca, pero seguía con él… ¿Me acabaría acostumbrando? No lo sé.
Me quedé un rato callada, lo cual a él le sorprendió. Consumido por la sorpresa, me empezó a hacer gestos con la mano, esperando a que reaccionara
-¿Fa? ¿Estás ahí?
-Fátima, tía-Sabela arqueaba una ceja mirándome
-¿Eh? Ah, sí.-Miré abajo y le devolví la mirada en una milésima de segundo-Te… Te vas… ¿No?
-Sí… Me voy.-Me agarró la mejilla con sus dedos-Me quedaba sólo una semana, ¿no recuerdas, peque?
-Si… Es verdad…-Dije, mordiéndome el labio
-Bueno, pues eso, que ya tengo el billete de avión. El 4 de Febrero a las 11 de la mañana. Me acompañarás, ¿no?
Le sonreí falsamente, mientras él me besaba la mejilla.
-Por supuesto que sí, Lucas…
Una semana. Una semana para perder de vista al amor de mi vida.
Este es el último bloque. Ahora vendrán dos capítulos. Uno sucedido en Febrero y otro en forma de epílogo.
Comentarios
Publicar un comentario