CAPÍTULO FINAL: 4 DE FEBRERO DEL 2014
Qué se siente al decir adiós… Adiós. Es una palabra tan dolorosa y fácil al mismo tiempo, siempre dependiendo de su contexto.
Esta vez, me había tocado la parte complicada de decir adiós. Un adiós que era equivalente a un “nunca más volveremos a cruzar nuestras caras”. Cómo no iba a ser complicado. Pero más complicado era saber que la persona a la que decía adiós era a una de las personas que más había querido en toda mi vida.
Estuve una semana en mi habitación de Coruña llorando. No lo estaba pasando bien. Sabela y Jesús venían a la habitación en ocasiones a animarme, y convencerme de que la vida debía seguir adelante. Pero la muerte de mi hermana y la marcha de Lucas me estaban quitando cada vez más las ganas de hacerlo. Pero fue Lucas el que me enseñó a seguir adelante. A luchar contra las adversidades. En cierto modo, si no lo hiciera, le estaría fallando… O eso creo.
Creo que lo que más me dolía de decir adiós era saber qué pasaría conmigo y Lucas como amigos o como pareja. Me resultaba complicada la idea de pillarme un avión a Tenerife cada X tiempo, y tener una relación en la que sólo podrías ver a tu pareja por una pantalla de ordenador en una videollamada resultaba difícil para mí. No tendrías delante a una persona, si no a un montón de píxeles. Es como si estuviera viendo un concierto de Frank Ocean en YouTube, lamentándome de que nunca iría a verlo en directo y que, en lugar de sentirlo en carne y hueso cerca mía y poder decirle lo mucho que lo admiro y admiro su música, sólo estaría viendo un montón de píxeles delante mía y no a él como tal. Pero esto dolía mucho más. Yo a Lucas le podría decir cada día lo mucho que lo quería. Pero a qué precio. No podría fundirme en un abrazo suyo posteriormente.
Es irónico que pensara eso y ahora… Bueno… Vea a literalmente todos mis amigos en píxeles, puestos a que estamos en una pandemia mundial.
En fin. Que llegó el 4 de Febrero. Sabela y Jesús decidieron acompañarme al aeropuerto, para tratar de aliviar mis lentas lágrimas.
-En este autobús tengo flashbacks de guerra…-Sabela se encogió de hombros
-Yo también.-Decía Jesús-Afortunadamente, Karen no vendrá a tocar las narices entre ellos dos otra vez.
Yo no decía nada. Sólo movía la silla delantera, en la cual no había nadie. Tenía las cejas bajadas y una expresión melancólica. Sabela me miraba.
-Fa, peque mía. ¿Estás bien?
-No…
-Aún te sigues cuestionando qué hacer con tu relación con Lucas, ¿no?
-Las dos cosas…
-Mira, Iraila y yo hablamos las cosas esta tarde. Ella se marcha mañana.
Miré a Sabela con expresión de recelo. No sé que intentaba decirme con eso.
-¿Y qué habéis hablado?
-Iraila y yo vamos a seguir juntas. Porque nos queremos. Y porque no hay distancia que se deba imponer entre dos personas que se quieren.-Me acarició la espalda-Deberías aplicarte el cuento.
Sabela tenía razón. ¿Qué distancia tendría que impedir que Lucas y yo siguiéramos queriéndonos? Aún así… Me seguía dando miedo. Me seguía dando miedo una relación a distancia y todo lo que ésta involucraba. ¿Cómo acabaríamos Lucas y yo si estábamos tan distanciados? Es que ni yo misma lo sabía.
Llegamos poco tiempo después al aeropuerto. Suspiré. Eché aire lentamente. No estaba tranquila. Estaba nerviosa. Muy nerviosa. Es que no sabía cómo decir adiós. No era capaz de decir, simplemente, “adiós”. Pero debía hacerlo. Antes de que el miedo me matase y acabase con mi salud de una forma u otra.
Llegué al mismo lugar dónde me había “despedido” la primera vez. Sí, las puertas de embarque. Lucas estaba despidiendo a Yeray y a Iraila. El resto se habían marchado para no volver, y por supuesto, Karen no estaba. Pero Iraila se iría al día siguiente y Yeray se quedaría en Coruña todo el año. La idea de ver a este último no me hacía gracia, pero qué remedio.
Iraila se acercó a los brazos de Sabela en ese preciso instante. Ambas y Jesús me miraron, con las cejas arqueadas.
-Fátima, Lucas lleva buscándote desde que llegó al aeropuerto…-Me aseguró Iraila, en brazos de mi amiga-En unos minutos van a avisar a los pasajeros para ir a las puertas de embarque.
-¡Venga, tía!-Jesús me empujó hacia allí
Resoplé. Dejé echar el aire como nunca antes lo había hecho. Empecé a caminar. Un paso más… Un paso más y estaría cada vez más cerca de abrazar a Lucas por última vez.
En cuanto llegué, Yeray me vio antes de que Lucas pudiera hacerlo. No me hacía gracia verle la cara, y más la forma en la que me miró. Era una mirada fría y seca. Estaba convencida de que era una mirada de la cual debía desconfiar.
-Ho… Hola, Yeray. Quería saludar a Lucas. No sé si…
Se acabó. Cuando decía esas palabras tragaba saliva temiendo que me fuera a interrumpir en algún momento para llamarme “puta” y hacerme daño. Estaba preparada para enfrentarle, a sabiendas de que acabaría por hacerlo. No obstante, la situación del momento no me parecía la más adecuada para tener una confrontación con nadie, con lo cual, era ese el miedo que estaba acabando conmigo.
Su reacción fue muy diferente a la que yo auguraba. Me sonrió abiertamente, enseñando los dientes, mientras me acariciaba el brazo.
-Ve con él. Está deseando verte.
Me quedé aturdida mirándole. Creo que fue la reacción que menos esperaba.
Le devolví la sonrisa y le acaricié la cara. Él parecía muy contento con que tuviese énfasis en saludar a Lucas, y el hecho de que hubiera rectificado me parecía un alivio y, a la vez, muy gratificante.
Acto seguido, me aparté de él y vi como Lucas me veía acercarme. Noté como empezaba a lagrimear. No dejó que me acercara más y se echó encima mía, abrazándome con más intensidad que nunca. Poco a poco, fui notando cómo empezaba a llorar. Estuvimos un rato abrazados, y yo terminé llorando también. Pero él lloraba incluso con más fuerza.
Me soltó y me agarró la cara, mirándome con sus melancólicos y pequeños ojos.
-Estaba deseando verte…
Sonreí, mordiéndome el labio y dejando que las lágrimas llegaran a mi boca.
-Lucas, perdóname por llegar tarde, iba a llegar antes, pero…
-No… No pasa nada… Estaba convencido de que ibas a venir…- Él secaba mis lágrimas, mientras me acariciaba los ojos con sus pulgares-Cariño, quería darte algo… Y proponerte algo…
-Adelante…-Añadí, llorando aún más.
Me soltó un minuto para coger, de dentro de su mochila, un sobre. No entendía muy bien, al principio, por qué hurgaba tanto en la mochila, pero fue al ver el sobre cuando me di cuenta de qué era. Se trataba ni más ni menos que de una carta. Sonreí. Me supuse que pondría algo bonito en ella.
Me la dio en la mano. Después, me besó la mejilla.
-Léela cuando llegues a casa. He estado escribiéndola toda la tarde, antes de marcharme.
Sonreí sin decir nada. Acto seguido, volví a llorar. Volvió a rodearme con sus brazos y me dio un beso lento en la boca. Yo simplemente me dejaba consumir por dicho beso. Era incapaz de hacer otra cosa que no fuera sonreír. No podía dejarlo escapar… Por nada del mundo.
Me soltó y, al momento, se puso serio. Me cogió de las manos.
-Fátima, antes de marcharte, quería decirte algo.
-Dime, cielo
-Bueno, todo lo que pueda decirte lo vas a ver en la carta. Igualmente, quiero que sepas que te he querido muchísimo en sólo 4 meses, y que has hecho cada vez mejor mi estancia aquí en Coruña. Todos los días me despertaba sabiendo que iba a estar contigo. Me hiciste muy feliz, Fátima… Muy feliz.
Asentí con la cabeza, mientras me derretía con cada una de sus palabras siendo pronunciadas con su dulce y melancólica voz.
-Adelante… Sigue.
-Y en fin… Te quería proponer una cosa…
Apretó con fuerza mis manos. Entrelazó sus dedos con los míos. Se acercaba cada vez más a mí. Estaba a punto de besarme otra vez. Me dio un beso que era un sí pero no, ya que estaba muy cerca de la boca, pero sin ser directamente en la boca. Mi corazón latió. Más veloz que nunca. Miré a Jesús y a Sabela desde la lejanía. Ellos me miraban con satisfacción. Creo que también se olían lo que iba a pasar.
En ese breve instante, lo único que pasaba por mi cabeza era qué le iba a contestar. Cómo iba a actuar ante su pregunta. No se me ocurría nada. Mi mente era un vacío existencial en blanco sin ideas ni nada relevante que decir. Estaba tan muda que era incapaz de, siquiera, pensar con claridad. Igual a la larga había olvidado cómo hablar español, que resulta aún por encima ser mi lengua natal.
Lucas me sonrió de nuevo.
-¿Quieres seguir a mi lado? Es decir… ¿Quieres ser mi novia?
-Eh… ¿Qué?
No sé por qué actué con shock, si ya me lo veía venir
-Te quiero, Fa. No quiero que nuestra historia de el punto y final aquí. Creo que ahora estar sin ti va a ser muy duro. Por eso…-Siguió apretando nuestras manos-Quería que pudiésemos seguir a distancia… Debemos seguir queriéndonos. Estamos hechos el uno para el otro.
No sabía qué decir. De verdad.
Lo cierto es que lo pensé con mucha precisión. Me quedé callada minutos. Decirle adiós a Lucas de forma definitiva estaba resultando ser muy duro y complicado para mí. Echarme atrás de esta forma no iba a ser fácil. Estaría llorando días y tendría que seguir, acto seguido, con mi amargada y asquerosa vida.
Miré a Jesús y a Sabela. Ellos estaban deseando que le dijera que sí. Me miraban, asintiendo, para que yo hiciera lo mismo acto seguido. Miré también a Iraila y a Yeray. Visto lo visto, ellos también los apoyaban. Pero yo no sabía qué hacer. Estaba en un limbo. Entre la espada y la pared. ¿Salir con Lucas? ¿Dejar nuestra relación aquí? ¿Tener una relación estable pero a miles de kilómetros el uno del otro y apenas no poder vernos? ¿O decir adiós y lamentarme durante mucho tiempo porque él quizás era en realidad el amor de mi vida? Qué hacer… Dios sabe.
Miré a Lucas después de mirar a los alrededores. Él besó mis dedos cariñosamente, esperando que mi respuesta fuera a ser un sí. Quién sabe lo que estaría pasando por su cabeza en aquel momento. Quizá todo nuestro futuro y los momentos que íbamos a pasar juntos. Pero yo no veía un futuro muy factible a su lado. ¿Qué traería un futuro en una relación a distancia? Sabe dios. Tenía miedo. Miedo de lo que pudiese pasar posteriormente. ¿Me pondría los cuernos? ¿Nos desencantaríamos el uno del otro? ¿Nos daríamos cuenta de que no tendríamos una buena relación a distancia si estábamos lejos? ¿Discutiríamos mucho por inseguridades? ¿Lloraríamos cada día al no poder vernos? Todo era posible.
Volví a darle otra vuelta… No. No tenía la madurez emocional suficiente para gestionar una relación a distancia. Mi vida acababa de empezar. Tenía que ir gestionando poco a poco todos los elementos que se me iban cruzando en ella. Tenía que ir desarrollándome emocionalmente. Echarse a la bartola a una relación a distancia cuando aún tenía heridas provocadas por mis inseguridades del pasado era ser una kamikaze. Sí… Me seguía sintiendo pequeña. Me seguía sintiendo insegura en ciertas ocasiones. Los pasos grandes para mí eran como pisar un vacío, un agujero negro que se cruzaba delante mía cuando iba tranquilamente caminando. Pisar ese agujero… Sería caer y acabar muriendo. Mis emociones morirían… Mi seguridad moriría… Otra vez.
No podía. No me lo podía permitir. Habían sido 4 meses increíbles, pero existía la posibilidad de que todo se echase a perder. Era mejor dejarlo todo en un agridulce pero a la vez bonito recuerdo.
Así que…
-Lo siento, no puedo.
Imaginaos las caras de desilusión de Sabela y de Jesús. Lo siento. No esta vez.
Lucas cambió su expresión. Pareciera que fuera a llorar otra vez.
-¿Por… Por qué?
-Lucas, estoy empezando a vivir mi vida como siempre quise vivirla. Hay muchas cosas nuevas en mi vida que tengo que tratar de asimilar. Estoy en proceso de madurar emocionalmente, pero no creo que todavía lo haya hecho al completo. Una relación a distancia es un paso de gigante para mi escasa madurez emocional actual.
-Lo… Lo entiendo.
Le acaricié la cara. Sabía que después de decirle esto iba a volver después a casa e iba a llorar. Pero era lo mejor para ordenar mi futuro y emociones por mi cuenta. Y en ese momento era de lo único de lo que estaba segura.
-Te quiero muchísimo. Y te voy a echar mucho de menos. Si tuviésemos una relación a distancia, sería mucho más duro.
-Está bien… Entonces…
Me volvió a abrazar. Creo que no me soltó en mucho rato. Estuvo abrazándome hasta que dieron un aviso para ir a las puertas de embarque. En ese momento, lo solté. Qué duro fue. Qué complicado. No era ni capaz. Si por mí fuera, lo hubiera abrazado muchísimo más. Él se alejó de mí en ese momento. Empezó a llorar con muchísima más fuerza, mientras marchándose, me miró. Nunca lo había visto así.
-Fátima, lee la carta, por favor…
Asentí con la cabeza. Seguí mirando como se marchaba. Sostuve la carta con mis manos mientras lloraba desconsolada. Sabela se acercó a abrazarme, mientras yo seguía sufriendo en silencio. Esto iba a ser complicado para mí de una forma u otra.
Ahí se marchaba una persona que me había ayudado a crecer y que me había convertido en otro tipo de persona muy distinta a la que era antes de conocerle…
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